Este panfleto, publicado en julio de 1850, es lo último que escribió Bastiat. Desde hacía un año estaba prometido al público. He aquí cómo su aparición fue retrasada. El autor perdió el manuscrito cuando lo transportaba de su domicilio de la calle de Choiseul a la calle de Argel. Tras larga e inútil búsqueda, se decidió a recomenzar su obra por completo, y escogió como base principal de sus demostraciones los discursos recientemente pronunciados en la
Asamblea Nacional. Una vez terminada esta tarea, se reprochó el haber sido demasiado serio, tiró al fuego el segundo manuscrito y escribió el que aquí se cita.

El Sr. Prohibidor (no he sido yo quien lo ha llamado así, sino el Sr. Charles Dupin, que desde entonces... pero ahora...), el Sr. Prohibidor consagraba su tiempo y su capital a convertir en hierro el mineral de sus tierras. Como la naturaleza había sido más pródiga con los belgas, éstos daban su hierro a los franceses a mejor precio que el Sr. Prohibidor, lo que significa que todos los franceses, o Francia, podían obtener una cantidad de hierro con menos trabajo, comprándolo a los honestos flamencos. Guiados por su interés, éstos no se equivocaban, y todos los días veíamos una multitud de ferrateros, herreros, carroceros, mecánicos, herradores y trabajadores ir ellos mismos, o a través de intermediarios, a abastecerse a Bélgica. Ésto no agradó en absoluto al Sr. Prohibidor. Al principio le vino la idea de parar semejante abuso por sus propios medios. Es lo mínimo que se podía esperar, ya que él era el único que sufría por ello. Cogeré mi carabina, se dijo, me pondré cuatro pistolas al cinto, llenaré mi cartuchera, me ceñiré la espada y así equipado me dirigiré a la frontera. Allí, al primer herrero, ferratero, mecánico o cerrajero que se presente, para hacer bien sus negocios y no los míos, lo mato, para que aprenda a vivir correctamente.
Cuando iba a partir, el Sr. Prohibidor hizo algunas reflexiones que atemperaron su ardor belicoso. Se dijo: no es del todo imposible que los compradores de hierro, mis compatriotas y enemigos, se tomen a mal el asunto, y que en vez de dejarse matar, me maten a mí. Entonces, incluso llevando a todos mis sirvientes, no podremos vigilar todos los sitios de paso. Y encima todo esto me costará enormemente, más de lo que merece la pena el resultado.
El Sr. Prohibidor iba a resignarse tristemente a no ser más libre que cualquier otro, cuando un rayo de luz vino a iluminar su cerebro. Se acordó que en París hay una gran fábrica de leyes. ¿Qué es una ley? se dijo. Es una medida que, una vez decretada, buena o mala, todo el mundo tiene que cumplir. Para el cumplimiento de ésta, se organiza una fuerza pública, y para constituir dicha fuerza se obtienen de la nación hombres y dinero.
Si consiguiera que saliera de la gran fábrica parisina una mínima ley que dijera: «El hierro belga queda prohibido», obtendría los resultados siguientes: el gobierno reemplazaría los sirvientes que iba yo a enviar a la frontera por veinte mil de mis herreros, cerrajeros, herradores artesanos, mecánicos y trabajadores recalcitrantes. Después, para mantener en buena disposición el ánimo de esos veinte mil aduaneros, se les distribuirá veinticinco millones de francos tomados a esos mismos herreros, cerrajeros, herradores artesanos, mecánicos y trabajadores. La vigilancia estará mejor realizada; no me costará nada, no seré expuesto a la brutalidad de los anticuarios, venderé el hierro a mi precio, y disfrutaré de la dulce recreación de ver nuestro gran pueblo vergonzosamente engañado. Esto le enseñará a proclamarse sin cese el precursor y el promotor de todo progreso en Europa. ¡Oh! sería más que interesante y merece la pena ser intentado.
Así pues, el Sr. Prohibidor se presentó en la fábrica de leyes. — En otra ocasión contaré la historia de sus sórdidos tejemanejes; hoy no quiero hablar más que de sus más ostensibles iniciativas. — Hizo valer delante de los señores legisladores la siguiente consideración:
«El hierro belga se vende en Francia a diez francos, lo que me fuerza a vender el mío al mismo precio. Me gustaría venderlo a quince y no puedo, por culpa de ese hierro belga que Dios maldiga. Hagan una ley que diga: — El hierro belga no entrará más en Francia. — Inmediatamente yo elevo mi precio a quince francos y he aquí las consecuencias.
«Por cada quintal de hierro que yo distribuya al público, en vez de recibir diez francos, serán quince, me enriqueceré más rápidamente, y extenderé mi explotación, ocupando a más obreros. Mis obreros y yo haremos más gastos, para regocijo de nuestros proveedores de todos los lugares de alrededor. Estos, teniendo más salidas, harán más pedidos a la industria, y poco a poco, la actividad se extenderá por todo el país. Esta bienafortunada moneda de cien perras, que ustedes depositarán en mi caja fuerte, como una piedra que cae en un lago, generará un número ilimitado de círculos concéntricos.»
Encantados con este discurso, encantados de aprender que es tan fácil aumentar legislativamente la riqueza de un pueblo, los fabricantes de leyes votarán la Restricción. ¿Para qué hablamos tanto de trabajo y economía? dicen. ¿Para qué todos estos penosos medios de aumentar la riqueza nacional, si un Decreto es suficiente?
Y en efecto, la ley tuvo todas las consecuencias anunciadas por el Sr. Prohibidor; sólo que también tuvo otras, dado que, hagámosle justicia, no había hecho un razonamiento falso, sino un razonamiento incompleto. Reclamando un privilegio, había mostrado los efectos que se ven, dejando en la penumbra los que no se ven. No mostró más que dos personajes, cuando en realidad había tres en la escena. A nosotros corresponde subsanar este olvido involuntario o premeditado.
Sí, el escudo desviado legislativamente hacia la caja fuerte del Sr. Prohibidor, constituye una ventaja para él y para los que esto debe promover el trabajo. — Y si el Decreto hubiera hecho bajar este escudo de la Luna, esos buenos efectos no habrían sido compensados por ningún efecto perverso. Desgraciadamente, no es de la Luna de donde sale esta misteriosa moneda de cien perras, sino del bolsillo de un herrero, ferretero, carretero, herrero, trabajador, constructor, en una palabra, de Jacques Bonhomme, que la da hoy, sin recibir ni un miligramo de hierro de más que cuando la pagaba a diez francos. A primera vista, debemos darnos cuenta de que esto cambia bastante la cuestión, ya que, evidentemente, el beneficio del Sr. Prohibidor es compensado por la pérdida de Jacques Bonhomme, y todo lo que el Sr. Prohibidor podrá hacer de este escudo para favorecer el trabajo Jacques Bonhomme lo habría hecho igualmente. La piedra es lanzada sobre un punto del lago sólo porque ha sido impedida por la legislación de caer en otro.
Entonces, lo que no se ve compensa lo que se ve, y hasta aquí es, por residuo de la operación, una injusticia, y ¡algo deplorable! una injusticia perpetrada por la ley.
3 comentarios:
Mas que prohibidor era un sanginario este señor.
Interesante la historia. Lo que no se ve es la bendita carga excedente de la que tanto me han contado (y artado) en las clases de finanzas publicas. Y justo en este caso esta implicado el comercio internacional.
PD: largo, pero interesante
Sí, es algo largo para un posteo... pero me pareció tan bueno que no me atreví a meter más tijeras.
Me encanta la prosa de siglos pasados. La gente escribía distinto antes.
Lo no trivial de todo es cómo, si bien de manera pedagógica, también en un tono categórico se hace una crítica inteligente al proteccionismo que dominaba la escena de aquella Francia posnapoléonica.
Además con los argumentos expuestos por Bastiat, esa idea de la asignación de recursos y de los usos alternativos que estos últimos tienen es bien neoclásica, y éstos todavía no eran del todo conocidos... Muy bueno.
Hecha la ley... hecha la trampa, mi amigo Bonhomme. :) Muy bueno el rescate!
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