domingo, 6 de julio de 2008

De vuelta con el teatro

Con motivo de mi reciente visita al teatro y a riesgo de caer en la estéril monotemática, retomo nuevamente la cuestión de la provisión pública de servicios privados, aplicada al teatro y las bellas artes.

Es evidente que es deseable que haya una demanda estable y sostenida por espectáculos, teatros y bellas artes en general, que vale la pena estimular. Al respecto, Bastiat reconoce “que las artes extienden, elevan y poetizan el alma de una nación, que arrancan de las preocupaciones materiales, le dan el sentido de lo bello, y actúan favorablemente en sus maneras, sus costumbres, sus hábitos e incluso su industria. Podemos preguntarnos dónde estaría la música en Francia, sin el Teatro-Italiano y el Conservatorio; el arte dramático, sin el Teatro-Francés; la pintura y la escultura, sin nuestras colecciones y museos.”

Pero claro, como los recursos son escasos y por lo general tienen usos alternativos (el leit-motiv de los economistas), vale preguntarse a qué costo, o mejor dicho, qué efectos tiene sobre el resto de las actividades ese estímulo.

En efecto, Bastiat identifica una cuestión de justicia distributiva. “El derecho del legislador, ¿puede reducir el salario del artesano para constituir un beneficio extra para el artista? El Sr. Lamartine decía: «Si suprimís la subvención de un teatro, ¿dónde os pararéis en esta vía?, ¿no seréis lógicamente llevados a suprimir vuestras Facultades, vuestros museos, vuestros Institutos, vuestras Bibliotecas?» Podría respondérsele: «Si usted quiere subvencionar todo lo que es bueno y útil, ¿dónde se parará usted en esa vía? ¿No será usted lógicamente llevado a constituir una lista civil de la agricultura, la industria, el comercio, la beneficencia, la instrucción?» De hecho, ¿es cierto que las subvenciones favorecen el progreso del arte? Es ésta una cuestión lejos de estar resuelta, y vemos con nuestros propios ojos que los teatros que prosperan son los que viven de su propio funcionamiento.”

Si bien es un excelente razonamiento, esto último no es del todo cierto en nuestros tiempos: incluso los teatros más grandes, conocidos y respetables del mundo están jugosamente subvencionados por algún ente estatal o privado. Una justificación posible consiste en suponer que estas actividades tienen algún tipo de externalidad o alguna otra falla de mercado que hace que su provisión sea deseable y digna de ser estimulada por parte del policy maker –léase bien meritorio. Pero el ejemplo de libro de texto en estos casos, no son las óperas sino las campañas de vacunación. No obstante, queda claro que al final del camino nos topamos con consideraciones normativas y juicios de valor acerca de lo que es deseable y lo que no.

La otra pregunta –la más moderada- pone en tela de juicio la efectividad de las subvenciones como mecanismo de conservación del mercado: es decir, si sacamos la subvención, la disponibilidad a pagar de los consumidores no alcanza a cubrir los costos. Y en este sentido, cabe plantearse la interrogante: ¿hay que actuar sobre la oferta o la demanda? A modo de comentario ligero, pareciera que actuar sobre la oferta tiene un impacto directo. De ahí los subsidios. Además, detrás de la demanda hay cuestiones de capital humano/educación, nivel de ingreso, etc; cosas bien de mediano/largo plazo… (¿cuáles serán los “fundamentals” de la demanda de “óperas”?). Voy a ver si consigo datos y bibliografía. Después de rendir exámenes, visitar enfermos y cumplir con los deberes de cualquier mortal, claro.


PD: el bocadillo que dijeron hoy en clase sobre Buiter no tiene desperdicio: “yo también tengo objetivos múltiples, sólo que los ordeno lexicográficamente”.