martes, 27 de enero de 2009

Del aferrarse a las cosas

Mucho calor y poco viento aquí en la playa. La heliofanía reinante obliga a realizar incursiones al mar de cuando en vez y a no descuidar la hidratación, entre otras cosas.

Los licuados que tardan en llegar. El deejay parece haberse ensañado con lo que seguramente será el tema del verano -en las terrazas, unos brasileños (não, eu não tenho maconha pra vender) actúan en consecuencia, vivándolo sincopadamente. Las cortinas del camastro permanecen en reposo absoluto y el calor sofoca. Mal momento para ponerse a leer: encima, la Bullrich* me hace pensar…

“Sebastián hizo todavía algunos esfuerzos, convenció a las personas que le parecían más sensatas y aumentó el nivel de la radio, que ahora aullaba la recomendación de desalojar los pisos a la brevedad posible. Luego pensó en Sol, en Goyito y pensó también en él. Sintió miedo, ganas de estar afuera y salió casi corriendo al rellano. Oprimió el botón de los dos ascensores, ninguno obedeció su llamado. Un ruido constante de voces sordas, algunos gritos, llegaban hasta él. Abrió la puerta, vio el ascensor de servicio y la escalera. Prefirió la escalera. Bajó dos pisos casi sin inconvenientes, cruzando sólo a dos o tres personas, pero al llegar al piso 12 la afluencia de gente aumentó considerablemente. Una señora de pelo blanco se abrazaba a un televisor que a todas vistas no era portátil y le costaba llevarlo. Pocos peldaños más abajo un hombre de mediana edad interceptaba el paso crucificado de un gran Cristo portugués cuya corona de espinas le desgarraba la nuca. Sebastián se impacientaba. Él quería salvarse, estar junto a Sol; esa gente abrazada a sus objetos lo irritaban (sic). En el piso 10 vio a tres chicos rubios que miraban sin inmutarse a su madre y a la criada envolviendo una espléndida tapicería de Flandes. Sebastián gritó, sacudió a la madre, que lo miró con desdén, y le dijo algo que él no oyó. Sin reflexionar, tomó a los tres chicos entre sus brazos y siguió escaleras abajo.

“La escalera estaba atestada de lavarropas, heladeras, televisores, objetos de arte, vajillas, canastos, trajes y pieles colgando en sus fundas, de sus perchas.

“Algo en Sebastián los condenaba y algo en él los comprendía. Asirse a los objetos es una manera real de asirse a la vida. No es tan fácil volver a empezar, comprar nuevamente la heladera, el lavarropas, el televisor, la radio, los trajes, el cuadro firmado, el combinado, los discos, los libros; es humano aferrarse a lo que se ha adquirido lentamente al cabo de diversos sacrificios. Vivir es en cierto modo eso: creer (¿?) en los objetos que se han deseado y se han conseguido al final de muchos sudores, de vencimientos impostergables, de actos dudosos, como el coronamiento lógico de la vanidad humana. Él no tenía derecho a despreciar a quienes sabían por qué preferían casi morir a privarse de esos objetos simbólicos de su triunfo en la vida.”

Extraño mis cosas. Y la soledad de la ciudad. Sin embargo, la presencia de personas de poca importancia tiene la virtud de alejarnos de la soledad sin apartarnos de nosotros mismos, que no es poco.

*Silvina Bullrich, La creciente, Sudamericana, 1967. Las itálicas son mías.

2 comentarios:

Nacho =( dijo...

Muy bueno, che.

muy al tema viene una peli que me vi en estos días q se llama Into The Wild, dirigida x Sean Penn.
te la recomiendo.

saludos.

Verificación de la palabra: masmu

Robinson dijo...

Bienvenido al blog, Nacho.

Gracias por la recomendación, voy a mirarla.

Saludos!