jueves, 12 de marzo de 2009

Relectura


De un tiempo a esta parte se me pegó la presumiblemente inútil costumbre de no acostarme sin hojear alguno de aquellos libros clásicos, de esos que te regalaban cuando eras chico y festejabas tu cumple en una casita de fiestas o cancha de fútbol. En esa lista imaginaria pero tangible de obsequios oportunos que nunca fallaban está el set de fibras Carioca, las colonias Paco, muñecos de G.I. Joe y algún Elige tu propia aventura. Cuántos recuerdos…

La cosa es que para uno de esos cumpleaños (difícilmente recuerde cuál, aunque a estas alturas poco importa) un compañero de colegio -al que vi por última vez en la fiesta de egresados del secundario- me regaló la edición de bolsillo de El Hobbit, de Tolkien. Un librazo, al igual que su secuela El Señor de los Anillos releída previamente por quien escribe.

Lo bueno de este ejercicio de relectura consciente y compulsiva es que uno descubre que algunos libros tienen como varios layers, que pueden entenderse y apreciarse desde diferentes planos y perspectivas. Está bueno eso. Sin embargo, no creo que la anterior proposición pueda expresarse a modo de inferencia. Es decir, para el Principito y los viajes de Gulliver funciona, pero con Colmillo blanco no hay caso...

A pesar de que El Hobbit no es más que un cuento para niños –que comienza con una frase muy del tipo “había una vez”-, puede tenerse casi por cierto que tranquilamente puede pasar este libro por una parodia del imaginario colectivo británico. El apego por la cronometrada vida de rutinas, la temerosidad característica de los hobbits, el amor por el tabaco y el cultivo exquisito del arte de ser un buen anfitrión son sólo un símbolo sobre la superficie que ejemplifica lo anterior.

Además de esto, hay un gesto técnico en la prosa que me llama mucho la atención. Refiriéndose a una horda de orcos que atacaba a la compañía de nuestro héroe, narra Tolkien:

“Los gritos y lamentos, gruñidos, farfulleos y chapurreos, aullidos, alaridos y maldiciones, chillidos y graznidos que siguieron entonces, eran indescriptibles. Varios cientos de miles de gatos salvajes y lobos asados vivos, todos juntos y despacio, no hubieran hecho tanto alboroto”.

Resulta increíble cómo el escritor, haciendo uso de un recurso de repetición simple, y utilizando palabras simples y coloquiales, logra transmitirnos una tan imagen vívida e intensa de lo que está sucediendo. Es lo suficientemente gráfico como para recordarnos lo divertido que puede ser leer un cuento para niños. O tal vez, para recordarnos que todavía somos niños.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

muy buen relato , tiene una muy buna prosa